el buen samaritano
No existe nada que sea un regalo gratis. Un día de la navidad del 2008 se determinó Bill Gates, el hombre más rico de la tierra, por no volver a pisar su despacho en Microsoft. Quería dedicar su vida para dar algo a los demás, y como era el hombre más rico del mundo, la cosa tenía su grandeza.
En la actualidad maneja una fundación conocida por su rapidez de actuación y concentrada en sus objetivos, todo lo contrario de lo que se acusa a la burocracia de la cooperación al desarrollo. Sin embargo lo que más llama la atención es su grandeza. Su presupuesto es de 225 mil millones de coronas, lo que supone ocho veces el presupuesto noruego para la ayuda al desarrollo.
¿Es posible criticar algo así? Vamos a hacer un intento.
Cuando las fundaciones privadas aumentan su influencia, cabe preguntarse cuánto poder de decisión pueden tener individuos concretos. ¿Será Bill Gates el que decida qué escuelas deben ser construidas? ¿Cómo hay que desarrollar la agricultura? ¿Qué vacunas son las más importantes? ¿Qué consecuencias tienen estos regalos para el derecho sobre la propiedad privada? ¿Debe el poder económico dar de hecho acceso al poder social? ¿Deben de ser sólo los ricos los que decidan sobre la vida y la salud de los pobres?
El moderno optimismo tecnológico de Bill Gates cuadra a la perfección dentro de la corriente de pensamiento histórica apolítica que durante mucho tiempo ha dominado el sector de la cooperación para el desarrollo: no hay ninguna relación causa efecto entre nuestra riqueza y su pobreza, están tan sólo más atrasados que nosotros.
Los países en vías de desarrollo necesitan construir su propia industria nacional, mediante subsidios y restricciones a las importaciones, igual que la industria occidental está disfrutando. Si los países ricos de verdad quieren cambiar algo, tienen que derribar los muros arancelarios y cancelar la deuda externa. Y si los individuos concretos ricos por su parte quieren cambiar algo, pueden pagar un todavía mayor porcentaje de impuestos.
Un motivo evidente de por qué los filántropos capitalistas no deben de marcar el orden del día, es porque es antidemocrático.
No existe un sólo jefe de estado (occidental), que no se sienta halagado si Bill Gates solicita una recepción. Los que tienen mucho tendrán mucho más, y los que no tienen nada lo perderán todo. Y no es éste el auténtico objetivo del regalo
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| santiago larre |
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