Historias de Chiapas, Un Lacando Rubio, primera parte
En alguno de mis viajes a la maravillosa Selva Lacandona, después de una reunión con alguna comunidad “campamentera”, (que opera un Campamento Ecoturístico), estaba sentado en una hamaca, observando, disfrutando la naturaleza cuando pasó frente a mí corriendo a toda velocidad, con esa alegría contagiante que tienen los niños, un pequeño Lacandón de escasos diez años, que llamó mi atención sobretodo por su hermosa cabellera larga y rubia. El pequeño jugaba a perseguir a otros chiquillos entre los árboles, sobre el siempre verde césped característico de la zona, al tiempo que reían a carcajadas como suelen hacerlo los niños de esa edad.
No podía dejar de mirarles, se divertían a sus anchas, pero en especial me llamaba la atención este niño. Sus facciones eran las de un lacandón puro, pómulos salientes, nariz aguileña, frente amplia, pero sus ojos me parecían verdes a la distancia y su larga cabellera por debajo de los hombros como los viejos lacandones, era intensamente rubia, era un niño hermoso.
En cuanto tuve oportunidad, pregunté en tono amable, casi simpático, a alguna de las jóvenes que entraban y salían de la Palapa que teníamos como lugar de reunión: “y este niño, porque está tan güerito”…?
La joven lacandona me respondió:
•ahh, Nicolás, es que los antiguos, los abuelos se juntaban con los turistas…
•cómo ? pregunté.
•sí, me dijo, antes no había cabañas para turistas, los güeros se quedaban en las casas de los abuelos, comían en el suelo como nosotros, y a veces se juntaban…
Nick y Marijke, holandeses, cautivados por sus lecturas acerca de la cultura maya, y por los relatos que habían escuchado acerca del Estado mexicano de Chiapas, decidieron emprender una expedición hacia la Selva Lacandona en el verano de 1968, a pesar de que en el mundo circulaban las noticias acerca de la represión del gobierno mexicano hacia el movimiento estudiantil que iba en ascenso.
Después de un par de noches en Palenque, los jóvenes holandeses mochila al hombro aceptaron el ofrecimiento de un camionero que transportaba madera, para llevarlos a Lacanjá. Eran las cuatro de la tarde, habían visitado la zona arqueológica por la mañana y luego habían bebido tequila con una pareja de suizos que conocieron al salir del sitio maya quienes recomendaron ampliamente adentrarse en la selva.
Al iniciar la caminata, saliendo del tendajón con techo de guano que hizo de cantina-restaurante, el chofer del camión se detuvo para ofrecerles transporte, mismo que quizá sin el influjo de los tequilas no hubieran aceptado, pero que dadas las condiciones de calor, cansancio y resaca imperantes resultó una salvación.
Cuatro horas a través de un infame camino medio pavimentado al inicio, vereda de terracería después, oscuro, pleno de curvas y en ocasiones casi intransitable por la espesa niebla, para finalmente llegar a lo que hoy es Nueva Palestina. Allí el chofer les indicó a señas como llegar caminando hasta donde podrían acampar y obtener algunos servicios básicos como agua, café y algunas tortillas con frijol.
Marijke y Nick, curados ya del efecto tequila y con linterna en mano caminaron siguiendo el ruido del agua, esa de los maravillosos riachuelos y cascadas de la selva lacandona, hasta un punto en el que fueron súbitamente interceptados por tres Lacandones de larga cabellera y blancas túnicas, lo cual produjo a la joven Marijke tal susto que casi cae al suelo sino es detenida por Nick.
La primera reacción de Nick fue proteger a Marijke, y esperar alguna reacción violenta de los moradores de la zona, que aunque le habían dicho los suizos, eran totalmente inofensivos, no les había visto jamás y aquellas túnicas y largas cabelleras, le parecían tétricas y escalofriantes en medio de la noche y de la selva.
El hombre más viejo de los Lacandones le extendió la mano a Marijke en un gesto casi amable a efecto de que terminara de incorporarse, pues estaba prácticamente caída en los pechos de Nick. Intercambiaron miradas y el ambiente se fue relajando poco a poco hasta que los jóvenes trataron de explicar algo que los Lacandones ya sabían, eran turistas…
El hombre viejo, con la cabellera más larga, les hizo una seña conocida, indicando comida, llevándose la mano cerca de la boca, al tiempo que indicaba el camino con la otra mano. Los holandeses se miraron, asintieron con la cabeza y siguieron al viejo, quien dio una orden en maya al hombre lacandón más joven y este echó a correr camino al frente.
Caminaron entre la selva unos diez minutos, mientras el viejo se abría paso con un machete hasta llegar a lo que parecía una pequeña aldea. Había una fogata, algunos niños corrían alrededor, las mujeres amasaban algo con las manos, y algunas más movían lentamente el contenido de una olla que estaba al fuego. Había mucho humo producido por el fogón y olor a hierba verde cuando se quema.
Apenas al llegar una mujer se levantó y caminando hacia ellos les ofreció algo nunca visto, era circular, color café claro, caliente y con un olor extraño, se comía…Nick lo probó, no sabía mal. Luego vino el Lacandón joven que llegó de avanzada a la aldea con dos discos amarillos enrollados y algún contenido negro y escurridizo dentro de ellos. Tomó uno y le demostró a Nick como comerlo, al tiempo que le ofreció el otro, Nick lo imitó sin temor y su rostro cambió notablemente produciendo la sonrisa de todos los lacandones que los rodeaban.
Nick estaba experimentando la maravilla mexicana de un taquito de frijoles con tortillas recién hechas a mano y su rostro no pudo más que reflejar el placer que ese acto implica.
Esta historia continuara ...
Historias de Chiapas, un Lacandon Rubio, primera parte
por Sergio González Rubiera
Cancún, Q.Roo, México, 21 de Septiembre del 2010
Artículo publicado en
Articulandia.Com
| Sobre el Autor: |
| Sergio Gonzalez Rubiera |
| Sergio González Rubiera, ha contribuido de manera especial en el Desarrollo Turístico de Cancún y la Riviera Maya, destinos líderes en México y Latinoamérica por el flujo de turistas que reciben y por su creciente infraestructura. |
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