Las piedras preciosas y doradas de los dioses
Ciertamente no recuerdo, si el sol estaba puesto, si era de tarde sol en declive o si era la luna en aquel momento; pero si recuerdo que todo ocurrió hace muchos años, más de quinientos, cuando distraído desde una pequeña loma observaba el inmenso mar, lleno de misterios, y los rítmicos movimientos de las olas que me embrujaban y aún sin saber que era eso, lo percibía, lo sentía sin más cobijo que el mismo cielo quizás las estrellas y las paredes de mi recinto, el viento tan lejos y tan cerca que rozaba mi piel. Recuerdo que jugaba en aquella loma con una piedra preciosa y brillante de los Dioses una de esas piedras que brillaba en el día y brillaba en la noche que tanto yo como mis hermanos sometíamos para hacer toda suerte de objetos, que en formas de pulseras, collares y zarcillos pendían de nuestros cuerpos. Como poder imaginar que pronto, muy pronto, aquellas piedras raras serian motivo de sufrimiento, muertes y violaciones de nuestras mujeres.
Pronto muy pronto entendería que aquellas piedras no eran sagradas y que tampoco eran de los dioses, más bien y sin saberlo serian nuestra maldición. Salí de mi éxtasis, de mi conjuro con Dios y sentí un profundo temor, un temor indescriptible, peor del que enfrentaba casi a diario al luchar cuerpo a cuerpo con una fiera salvaje por la necesidad de alimentarme, de llevar el sustento a mi pueblo, realmente era más que temor, era más bien la intuición de la barbarie, del destrozo de la esclavitud y un dolor mayor que el producido por la muerte pues cuando alguien ve impotente como flagelan y asesinan a un ser querido, la anciana madre, el padre, la mujer, el hermano o el inocente hijo; el dolor no se puede comparar con ningún otro, ni con el de la misma muerte.
Escuché un conjunto de voces, eran lenguas extrañas y desconocidas, que se unían en un solo sonido y gritaban ¡TIERRA! ¡TIERRA! ¡TIERRA! Me quedé petrificado en mi lecho de malezas y enfoqué la vista a lo lejos, en dirección al mar, ese mar que hacia escasos momentos me había producido paz y fue cuando pude darme cuenta de todo. Eran tres inmensos templos cargando a muchos dioses ¡qué asombroso! Caminaban sobre el agua, parecía que las olas del mar les acercaban a la orilla. Reaccioné pronto y corrí sin parar en busca de mis hermanos, para notificarles lo que ocurría y recuerdo que todos me siguieron, temerosos, con gran cautela a observar mi hallazgo, escondidos entre la maleza los observamos cuando descendían de los grandes templos y salimos a su encuentro, recuerdo que vestían ropas extrañas y hablaban un lenguaje desconocido, propio de los dioses, uno se arrodillo sobre la arena con una bandera que colgaba de una vara, enseguida se levanto ante avistar nuestra presencia, bruscamente desenfundaron sus armas y desenvainaron sus espadas pero ni mis hermanos ni yo sabíamos lo que era eso temíamos solo al gesto brusco.
Pero nos confiamos pues observamos que sonreían, creímos que eran dioses buenos. El que actuaba como jefe se me acercó e inmediatamente con un brillo extraño en sus ojos, fijo su mirada en mi collar, hecho de esas piedras raras y brillantes de los dioses, se acercó aun más a mí y tomando el medallón de mi collar entre sus manos profirió una palabra extraña oro oro... ¡es oro¡ todos ellos gritaron y saltaron con extraña alegría y pude notar en todos, aquel mismo brillo extraño en sus ojos. Tanto mis hermanos y yo estábamos aterrados y confundidos, todos ellos nos rodearon y revisaron minuciosamente nuestros collares, pulseras y zarcillos, comenzaron a manosear a nuestras mujeres, hasta que ese, el que daba ordenes, que parecía el Dios mayor acercándose nuevamente a mí tomando mi collar entre sus manos de un solo jalón lo arrancó de mi cuello sentí un gran temor pero eran Dioses y en señal de paz y reverencia me quite la pulsera y se la entregue, se sonrío con una mirada irónica, pero yo no entendí su actitud. Inmediatamente otro que parecía el segundo "Dios jefe señalo a uno de mis hermanos con el brazo enteramente extendido se dejo escuchar un sonido estruendoso y mi hermano cayó tras un lamento, todos corrieron y yo me acerque donde había caído mi hermano, me incliné, lo toque y estaba muerto, sentí un fuerte golpe y corrí despavorido, sentí más sonidos estruendosos... me disparaban, fue algún dios bueno que intervino, no me mataron, en ese momento me oculte en la maleza y ellos aun nos perseguían observé mis mano y estaban llenas de sangre, era la sangre de mi hermano muerto.
En cuestión de varios soles y varias lunas nos habían capturado a todos. Nos golpeaban de manera brutal, violaban a nuestras mujeres y nos encerraban en jaulas que nos enseñaron a construir, era solo el inicio del genocidio más grande de algo que desconocíamos, el mundo... de nuestros pueblos, de nuestra cultura. Recuerdo que nos obligaban a mostrarles donde se encontraban las piedras brillantes de los Dioses y a escarbar día y noche hasta morir. Nunca antes, ni aun por el ataque de las fieras salvajes había observado a tantos de mis hermanos muertos. Poco a poco el ambiente natural, los hermosos y refrescantes paisajes se iban transformando en desastre y desolación, nuestras mujeres comenzaron a parir hijos del color de esos dioses malos y crueles pero, igualmente eran maltratadas y asesinadas junto a esos inocentes semidioses que muy a pesar de tener su misma sangre eran pasados por los implacables filos de sus espadas y quemados.
Yo había tenido muy mala suerte aun continuaba vivo a pesar de tantas heridas y golpes recibidos no tuve la buena suerte de ser quemado o degollado por una filosa espada, pero desde ese mismo día comencé a morir de dolor, sufrimiento e impotencia por todo aquello que ocurría a mi pueblo. Entre tantas palabras extrañas que logre escuchar antes de tener la suerte de morir a manos de esos Dioses malignos hay un nombre que no podré olvidar y que aún hoy después de muerto, transcurrido más de quinientos años, es el nombre del Dios jefe, el que impartía las ordenes, ese que comenzó todo al acercárseme y arrancarme el collar de piedras brillantes, el mismo que yo inocentemente en señal de paz y reverencia le entregué mi pulsera brillante y dorada, era ese al que los Dieses o demonios lo llamaban Colón. En verdad no sé realmente que ocurrió con mi pueblo, con mi gente, que será de ellos en la actualidad, no sé si algún Dios bueno sin mayor interés en aquellas piedras brillantes habrá intervenido y aniquilado a esos... Dioses malvados, sólo sé que si de algo sirve o a alguien interesa. Yo denuncio ante el verdadero Dios a esos Dioses malvados que causaron tantos sufrimientos y muertes a mi pueblo, a mis hermanos y a mí.
Por Jose Brando, artista plástico.
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| Jose Brando |
| Artista plastico y escritor venezolano |
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