La impasibilidad de la sociedad ante la deriva de la administración local
Quizás sea cierto lo que dice un gran amigo mío de que cada pueblo tiene lo que se merece, porque caen en el derrotismo, la complacencia ante situaciones a todas luces reprobables, permitiendo tratos caciquiles y vejatorios, por miedo a hablar y defender sus creencias. Muchos relegan al baúl del olvido sus ideas por un puesto de trabajo, o cualquier prebenda. Algunos lo justifican con la mítica teoría de que es inviable ir contra corriente, enfatizándolo con el refranero popular: “el cementerio está de valientes lleno”. Una ciudadanía alérgica a los cambios, impregnada de vetusta hipocresía, que rechaza la venta del cuerpo en pro de los placeres mundanos, pero ¿no es peor para estos que se escandalizan con la conducta privada de los seres humanos, el intercambio comercial de nuestros principios, dejándonos vacíos e indefensos para satisfacer a tiranos disfrazados?
Tal vez estas disertaciones resulten demasiado rudas y se pueda opinar incluso que es una exageración. Pero examinemos la realidad. Estamos inmersos en una profunda crisis económica, y que nadie se engañe, no es coyuntural sino estructural. Preconizaban los analistas desde hace mucho tiempo, que la alegría se acabaría pronto y como en la parábola de la cigarra y la hormiga, debíamos abastecernos para el invierno. Pues bien, el gélido frío arrecia con toda su crudeza y en la despensa de las administraciones públicas no quedan ya víveres de los que tirar. Subsistíamos del dinero proveniente de las licencias urbanísticas, lo que claramente tenía un fin, puesto que el territorio es frágil y limitado. Actualmente los ingresos municipales han mermado y los gastos siguen siendo los mismos o muy superiores. Incrementándose vertiginosamente las solicitudes de asistencia básica en los consistorios, suscritas mayormente por personas con cargas familiares. Gracias a Cáritas y otras ONG, que aunque desbordadas, hacen lo que pueden. Las casas de empeño y las de segunda mano se reproducen como las esporas. Los jueces piden ayuda ante la avalancha de denuncias por despidos y concursos de acreedores. La morosidad se dispara, es imposible pagar las facturas. Las imágenes de televisión captan revueltas de asalariados en todos los sectores, mostrando su disconformidad ante los Expedientes de Regulación de Empleo planteados por los empresarios. Y estos últimos lloran amargamente por el cierre de sus compañías.
Primero fueron los astilleros en el norte de España; en Levante las industrias textiles, de calzado, mueble; ahora las fábricas de coches; y el turismo se resiente. Decían los gurús a finales del siglo pasado que era imprescindible invertir en formación, pues sólo mantendrían sus puestos los trabajadores altamente cualificados. Ya que los países en vías de desarrollo, con un coste de mano de obra muy inferior, eran un gran atractivo para el establecimiento de las bases de producción de las multinacionales. Sin embargo el último informe PISA pone de manifiesto, que en materia educativa, vamos en el vagón de cola europeo. Y por si esto fuera poco, de cada tres universitarios uno abandona sus estudios.
Mientras, nuestros administradores se tiran los trastos a la cabeza, plantean mociones de censura y provocan cambios de gobierno valiéndose de tránsfugas. Lo que debería hacernos recapacitar. Precisamos de políticas acertadas para poder salir de este bache y no espectáculos bochornosos que a nadie interesan.
Cualquier formación política ha de disponer de los cuatro años de los que se compone la legislatura para desarrollar su proyecto. Debiendo gobernar la lista más votada y el resto hacer oposición. Correspondiendo al candidato conformar libremente su equipo, sin estar sometido al presunto chantaje de egoístas ediles, cuyo único mérito atribuible es la obtención del acta gracias a la labor de sus compañeros durante la contienda electoral. Cuando un Ayuntamiento renueva hasta cuatro veces su alcaldía en un mismo mandato, es improbable que esa corporación alcance resultado alguno. Arrastrando a la entidad local a la quiebra técnica, con la consiguiente pérdida de calidad de vida de los residentes.
¿Qué haremos?, ¿seguir fingiendo que todo es perfecto hasta que el agua nos llegue al cuello? Que podemos salir de esta tesitura de ralentización financiera es indudable, lo hemos hecho otras veces. Eso sí, la sinceridad con nosotros mismos es indispensable, así como la enmienda de errores. Nos urge un planteamiento colectivo y no individual. Parafraseando a aquel famoso Presidente de EEUU: “No nos preguntemos lo que los políticos pueden hacer por España, sino lo que todos podemos hacer por nuestra nación”. Ahora como siempre el conocimiento y trabajo en equipo nos llevará al éxito.
Este artículo fue contribuido por Ibiza Melián. Contáctala a: ibizamelian@terra.es
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